Marc era profesor de escuela técnica, maestro de tango y un gran propulsor del tango milonguero en Zurich. Lo conocí como principiante hace mas de 15 años, y después fue mi amigo hasta el fin.
Mas allá de que la muerte sacraliza, los que conocimos a Marc sabemos que era un ser angélico, noble, tierno, y ético, tal vez demasiado para este mundo, que no lo pudo contener. Él no supo cuanto aprendí de él, porque siempre estaba agradecido por lo que aprendíamos juntos.
El día que me enteré, tres días después de la tragedia, me caí en la calle y me lastimé, porque la muerte también trae culpa; que pude haber hecho y no hice. Ahora para todo es tarde y solo queda tiempo para el dolor.
Mi amigo Marc murió. Hace menos de un mes me entere de la tristísima noticia de la cual no me recupere. Fue un duelo lejano y en soledad, y por esta misma situación mas doloroso.
Marc era una de las mejores personas que conocí en mi vida. Las muchas veces que compartí su casa, cenas, amigos, talleres, paseos, largas conversaciones en su cocina aprendí de su modelo de persona. Era apasionado, enormemente generoso, honesto, de una ética impecable y de una gran ternura (algunas mañanas se levantaba, me abrazaba y me decía en su español alemán: Besos besos besos!!!).
Por su ternura, por su calidad y por las veces en que me brindo su tiempo, su consejo y su ayuda desinteresada siempre lo extrañaré y lo recordare con amor. Un día se lo confesé en un acto de modesta devolución y se sonrío sorprendido con su ternura habitual. A esta tristeza se suma el desconsuelo de la situación desamparada en que murió, la cual me trae una lejana culpa sin razón tal vez, un poco de enojo y una pregunta que hiere como una herida abierta que no tendrá respuesta, ¿Por que Marc? ¿Por que?